Cómo recargar tus baterías sin sentir culpa

 

El sábado pasado decidí poner el mundo en pausa. No hubo desayuno con amigos, ni compras, ni compromisos. Solo yo, mi sofá y ese libro que llevaba semanas llamándome en silencio. Pero, para mi sorpresa, después de dos capítulos, empecé a sentir esa inquietud que muchos conocemos: la culpa de "no estar haciendo nada".

Me di cuenta de que, aunque mi cuerpo necesitaba un descanso, mi mente seguía corriendo una maratón de pendientes. Era como si mi día libre se hubiera convertido en una carga más.

Ese momento me hizo pensar en la primera pieza para restablecer la resiliencia, descrita por M.H. Pelletier en su libro The Resilience Plan, tema que abordé en mi publicación anterior. La resiliencia no es solo resistir con hidalguía el estrés, sino diseñar un plan estratégico para mantener tus reservas de energía llenas. Ella lo llama suministro: todas esas cosas —personas, actividades, entornos— que nos nutren, nos devuelven la claridad y nos ayudan a sostenernos a largo plazo.

El mito de 'aguantar'

En entornos laborales exigentes, solemos pensar que lo valioso es “ser fuertes” y resistir. Pero la fuerza bruta no es sostenible. Si la batería de tu celular se agota, la conectas al cargador. Con nuestra mente y nuestro cuerpo debería ser igual.

El problema es que muchas veces confundimos descansar con ser improductivos, y eso nos impide recargarnos de manera real. Terminamos llenando el tiempo con actividades que parecen descanso, pero que en realidad no nos devuelven energía: horas de redes sociales, compras impulsivas o ver una serie hasta la madrugada.

Diseñar tu propio 'suministro'

Pelletier recomienda identificar conscientemente qué nos recarga de verdad. Para algunos será caminar al aire libre, para otros escuchar música, practicar meditación o pasar tiempo con un amigo que siempre nos hace reír. Lo importante es reconocer que el suministro es personal y no negociable.

Una forma sencilla de empezar es crear un inventario personal de energía. Toma papel y lápiz y escribe:

Actividades que me recargan: aquellas que me dejan con más energía de la que tenía antes de hacerlas.

Personas que me recargan: las que me escuchan, me inspiran o me hacen sentir acompañado.

Lugares que me recargan: espacios donde me siento en calma o creativo.

Pero no basta con identificar las fuentes de energía: hay que convertirlas en acción. Empieza con algo sencillo, como por ejemplo:

• Bloquea en tu agenda 15 minutos diarios para una actividad de tu inventario.

• Prioriza una llamada o encuentro con alguien de tu lista de “personas que me recargan” cada semana.

• Si no puedes dedicarle mucho tiempo, haz micro-recargas: cinco minutos de respiración consciente entre reuniones o escuchar tu canción favorita antes de empezar el día.

La constancia importa más que la intensidad.

Cuidar el suministro en los equipos

Si lideras personas, piensa en el suministro de tu equipo. ¿Cómo puedes crear un ambiente que les recargue en lugar de drenar su energía? Pequeños gestos como incorporar breves dinámicas creativas al inicio de las reuniones, abrir espacios informales de conversación —un café virtual o presencial sin agenda laboral— reconocer el esfuerzo de manera oportuna y dar autonomía en las tareas pueden tener un efecto multiplicador en la resiliencia colectiva.

Mi compromiso

Ese sábado, después de darme cuenta de mi “culpa productiva”, tomé una decisión: mis descansos dejarán de ser improvisados. Ahora, cada semana elijo al menos una actividad de mi inventario de energía y la pongo en el calendario como algo tan importante como cualquier reunión. Y lo más importante: cuando descanso, decido disfrutarlo sin remordimientos, sin sentir que debería estar en otro lugar haciendo otra cosa.

Porque la resiliencia empieza con reconocer que recargarnos no es un lujo, es una estrategia para crecer y sostener lo que viene. Y tú, ¿qué hábito personal te ayuda a mantener tu resiliencia en alto?


Lima, 23 de setiembre del 2025

 


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