El día que mi energía se apagó

 

Hace unas semanas me encontraba frente a mi laptop, con la taza de café ya fría, el cursor parpadeando y yo con la mente dando vueltas sin saber por dónde empezar. Había pasado más de dos horas intentando terminar una presentación para una conferencia que normalmente me tomaría solo una hora. La sensación que tenía era muy rara: no era pereza, no era falta de motivación (el tema de la charla me apasiona), era como si mi mente se hubiera desconectado de repente.

Me acordé de que la noche anterior me había quedado respondiendo correos hasta la medianoche, que hacía días que no salía a correr por las mañanas y que las últimas reuniones habían sido tan intensas que ni siquiera había tenido tiempo de almorzar tranquila. De repente, me di cuenta de algo: no era la presentación el problema, era mi resiliencia la que estaba al límite.

La resiliencia no es infinita

Marie-Hélène Pelletier, coach ejecutiva, explica en su libro “The Resilience Plan” (2024) que la resiliencia no es un rasgo que uno tenga o no tenga, sino una habilidad que se cultiva estratégicamente. Igual que un músculo, se fatiga cuando lo usamos en exceso, nuestra capacidad mental y emocional también puede desgastarse si no la nutrimos.

Y aquí es donde tendemos a equivocarnos: creemos que con ‘aguantar’ será suficiente. Que si seguimos adelante, todo se arreglará solo y fluiremos al compás. Pero esa es la receta perfecta para el agotamiento.

Cuatro piezas para construir tu plan

Pelletier propone mirar la resiliencia como un plan estratégico con cuatro componentes que interactúan entre sí, casi como las hebras de un ADN:

1. Suministro – las cosas que te recargan de energía.

2. Exigencias – tus responsabilidades actuales y futuras.

3. Valores – lo que más te importa.

4. Contextos – los factores internos y externos que influyen en tu bienestar.

Cuando alguna de estas piezas se desequilibra, la resiliencia empieza a resentirse. Pero la buena noticia es que podemos diseñar un plan para reforzarla.

Empieza pequeño, pero empieza hoy

La autora recomienda que el plan de resiliencia sea intencionado y realista: acciones pequeñas, manejables y sostenibles. Puede ser algo tan sencillo como bloquear 15 minutos de tu día para caminar, decir que no a una reunión innecesaria o proteger una hora para comer sin mirar el celular.

Lo importante es convertir la resiliencia en algo que se gestiona de forma consciente, no en algo que dejamos al azar.

La resiliencia en los equipos

Pero este no es solo un tema individual. En los equipos de trabajo, la resiliencia se fortalece cuando todos los miembros comparten el mismo propósito, tienen una comunicación abierta y sienten que existe seguridad psicológica. Los jefes que tienden a cuidar el bienestar, brindan feedback constructivo y normalizan hablar de la carga de trabajo, crean entornos donde la gente puede sostener un alto rendimiento sin ‘quemarse’.

Mi propio plan

Ese día frente a la pantalla decidí hacer mi propio plan. Empecé por algo pequeño: retomé mi rutina de salir a correr en las mañanas. Luego, bloqueé en el calendario mis pausas de almuerzo. Hoy, unos días después, no solo terminé mi presentación con mayor claridad, sino que ya la he expuesto, obteniendo buenos resultados. Logré despertar en los estudiantes el interés por seguir profundizando e indagando sobre el tema, convirtiendo la ponencia en un punto de partida para reflexiones y futuros aprendizajes.

Y aprendí algo importante: la resiliencia no se trata de aguantar hasta caer extenuada, sino de diseñar la manera en que te cuidas para poder seguir creciendo.

Lima, 20 de setiembre del 2025

 


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